Del campo a la mesa: la tecnología que esconde un huevo de gallina

Rastrear y controlar un huevo desde el origen hasta la sartén ya es posible gracias al avance de la tecnología. La alimentación de las gallinas, el día y la hora de la puesta de los huevos, la hora de recogida, la clasificación y el envasado, el día y la hora en que salieron del centro logístico y la llegada al supermercado son ahora condiciones controlables.Los sistemas de control intervienen desde las naves de producción de las granjas, que mediante cintas transportadoras lleva los huevos a un centro de clasificación y allí los divide por tamaños (S, M, L, XL) gracias a un sensor que identifica su peso.Después estos huevos se introducen en su estuche correspondiente (medias docenas, docenas...) y los estuches se ponen en palés para su distribución. “Hay muchísima normativa en torno a este proceso, y en este sentido ayuda mucho conocer la vida del huevo, desde que lo pone la gallina hasta en la estantería de qué super o tienda se coloca”, explica el experto José Mª Rubio, director de Hiberus Agro, empresa que ofrece este tipo de solución tecnológica.Actualmente existen recursos que permiten seguir el proceso de evolución de un producto en cada una de sus etapas. Para hacer esto posible se definen lotes, que comprenden “una unidad mínima de producto en la que sea funcional su operativa”, esto es: un producto manejable que se pueda etiquetar. En un solo huevo no sería posible hacer esto, por lo que se agrupan varias unidades -incluso varios estuches, por ejemplo 30 docenas- dentro de cada lote.¿Y esto para que sirve? Todos los productos dentro de ese lote tienen en una etiqueta con un código de barras con la misma información sobre: alimentación de la gallina, fecha de puesta y recogida del huevo, caducidad, clasificación, envasado, envío a cliente... de manera que se puede localizar e identificar el origen de una forma mucho más rápida y sencilla.Esto para el granjero es muy útil, ya que le permite reducir pérdidas si, por ejemplo, hubiera una incidencia en la producción (como un mal envasado). En este caso el granjero limitaría los productos retirados a los lotes que así lo necesitasen, en vez de tener que retirar la producción completa de una fecha concreta como pasaba hasta ahora.Por último, se implementa en las granjas un sistema de control por etapas también en la alimentación. Los granjeros normalmente o bien compran el pienso o bien lo fabrican ellos mismos. Cuando lo fabrican, a través de estas soluciones se pueden controlar el origen y la cantidad de materia prima. Es decir, se puede saber qué lote de pienso ha consumido la gallina, qué formula tenía ese lote y de dónde venían las materias primas que componían esa fórmula.Algo muy beneficioso si, por ejemplo, se detecta que la cáscara del huevo no tiene la consistencia suficiente. En ese caso se podría modificar la fórmula y añadirle más calcio.Asimismo se controla lo que beben los animales: en una granja, al estar controlada la temperatura, el comportamiento de las gallinas en cuanto a la bebida es el mismo durante todo el día, independientemente de la estación del año. “Si el granjero detecta que hay un pico en el consumo de agua es un claro indicador de que sucede algo, normalmente de que hay fiebre”, afirma Rubio. “Este sistema es un modelo de prevención y detección temprana de enfermedades, para evitar tanto bajas en las gallinas como productos no comercializables”, concluye.“Hace más de siete años que utilizamos este tipo de sistemas en nuestra producción, los hemos ido adaptando a nuestras necesidades, y no solo nos han supuesto una clara optimización de la producción, sino también una importante reducción de costes”, cuenta Cristóbal Roldán, gerente de Granja San Miguel, y añade que “lo más importante” que han ganado apostando por la tecnología es “una mejora del bienestar de las gallinas”, lo que repercute en que el producto que llega a los hogares sea de “mucha más calidad”.

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